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  3º encuentro 2022 

 

  Papa Francisco a los Misioneros

 

incontro-missionari

SANTA MISA DE LA DIVINA MISERICORDIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

 

Basílica de San Pedro

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 24 de abril de 2022

Hoy el Señor resucitado se aparece a los discípulos y, a ellos, que lo habían abandonado, les ofrece su misericordia, mostrándoles sus llagas. Las palabras que les dirige están acompasadas por un saludo, que se menciona tres veces en el Evangelio de hoy: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21.26). ¡La paz esté con ustedes! Es el saludo del Resucitado, que sale al encuentro de toda debilidad y error humano. Sigamos los tres ¡la paz esté con ustedes! de Jesús, en ellos descubriremos tres acciones de la divina misericordia en nosotros. Ésta sobre todo da alegría, luego suscita el perdón, y finalmente consuela en la fatiga.

1. En primer lugar, la misericordia de Dios da alegría, una alegría especial, la alegría de sentirnos perdonados gratuitamente. Cuando en la tarde de Pascua los discípulos vieron a Jesús y escucharon por primera vez que les decía ¡la paz esté con ustedes!, se alegraron (cf. v. 20). Estaban encerrados en la casa por el miedo, pero también estaban encerrados en sí mismos, abatidos por un sentimiento de fracaso. Eran discípulos que habían abandonado al Maestro, que habían huido en el momento de su arresto. Pedro incluso lo había negado tres veces y uno del grupo —¡justo uno de ellos!— había sido el traidor. Tenían motivos para sentirse no sólo atemorizados, sino fracasados, pusilánimes. Es cierto que en el pasado habían tomado decisiones valientes, habían seguido al Maestro con entusiasmo, compromiso y generosidad, pero al final todo se había desmoronado; el miedo había prevalecido y habían cometido el gran pecado, de dejar solo a Jesús en el momento más trágico. Antes de la Pascua pensaban que estaban hechos para grandes cosas, discutían sobre quién fuese el más grande entre ellos. Ahora se sienten hundidos.

En este clima llega el primer ¡la paz esté con ustedes!. Los discípulos deberían haber sentido vergüenza, y en cambio se llenan de alegría. ¿Quién los entiende? ¿Por qué? Porque ese rostro, ese saludo, esas palabras desvían su atención de sí mismos a Jesús. En efecto, «los discípulos se alegraron —precisa el texto— de ver al Señor» (v. 20). No piensan más en sí mismos y en sus fallos, sino que se sienten atraídos por sus ojos, donde no hay severidad, sino misericordia. Cristo no les recrimina el pasado, sino que les renueva su benevolencia. Y esto los reanima, les infunde en sus corazones la paz perdida, los hace hombres nuevos, purificados por un perdón que se les da sin cálculos, un perdón que se les da sin méritos.

Esta es la alegría de Jesús, la alegría que hemos sentido también nosotros cuando experimentamos su perdón. Nos ha pasado también a nosotros sentirnos como los discípulos en la tarde de Pascua, después de una caída, de un pecado o de un fracaso. En esos momentos pareciera que no hay nada más que hacer. Pero precisamente allí el Señor hace lo que sea para darnos su paz, por medio de una Confesión, de las palabras de una persona que se muestra cercana, de una consolación interior del Espíritu Santo, de un acontecimiento inesperado y sorprendente. De diferentes maneras Dios se asegura de hacernos sentir el abrazo de su misericordia, una alegría que nace de recibir “el perdón y la paz”. Sí, la alegría de Dios nace del perdón y deja la paz. Es así, nace del perdón y deja la paz, una alegría que levanta sin humillar, como si el Señor no entendiera lo que está sucediendo. Hermanos y hermanas, hagamos memoria del perdón y de la paz que recibimos de Jesús. Cada uno de nosotros los ha recibido, cada uno de nosotros tiene esa experiencia, hagamos pues memoria, nos hará bien. Antepongamos el recuerdo del abrazo y de las caricias de Dios al de nuestros errores y nuestras caídas. De ese modo alimentaremos la alegría. Porque nada puede seguir siendo como antes para quien experimenta la alegría de Dios. Esta alegría nos cambia.

2. ¡La paz esté con ustedes! El Señor lo dice por segunda vez, agregando: «Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (v. 21). Y les da a los discípulos el Espíritu Santo, para hacerlos ministros de reconciliación. «A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados» (v. 23). No sólo reciben misericordia, sino que se convierten en dispensadores de esa misma misericordia que han recibido. Reciben este poder, pero no en base a sus méritos, a sus estudios, no; es un puro don de la gracia, que se apoya en su propia experiencia de hombres perdonados. Y me dirijo a ustedes, misioneros de la Misericordia. Si cada uno de ustedes no se siente perdonado, que se detenga en este ministerio, hasta el momento de sentirse perdonado. Y de esa misericordia recibida será capaz de dar mucha misericordia, de dar mucho perdón. Y, hoy y siempre, el perdón en la Iglesia nos debe llegar así, por medio de la humilde bondad de un confesor misericordioso, que sabe que no es el poseedor de un poder, sino un canal de la misericordia, que derrama sobre los demás el perdón del que él mismo ha sido el primer beneficiado. Y de aquí nace ese “perdonar todo”, porque Dios perdona todo, todo y siempre. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón, pero Él perdona siempre. Y ustedes deben ser canales de este perdón, a través de su propia experiencia de ser perdonados. No hay que torturar a los fieles que vienen con sus pecados, sino tratar de entender qué sucede, escuchar y perdonar, y dar un buen consejo, ayudando a seguir adelante. Dios perdona todo, no hay que cerrar esa puerta. 

«A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados» (v. 23). Estas palabras están en el origen del sacramento de la Reconciliación, pero no sólo, pues toda la Iglesia ha sido constituida por Jesús como una comunidad dispensadora de misericordia, signo e instrumento de reconciliación para la humanidad. Hermanos, hermanas, cada uno de nosotros hemos recibido en el Bautismo el Espíritu Santo para ser hombres y mujeres de reconciliación. Si experimentamos la alegría de ser liberados del peso de nuestros pecados y de nuestros errores; si sabemos en primera persona qué significa renacer, después de una experiencia que parecía no tener salida, entonces se hace necesario compartir el pan de la misericordia con los que están a nuestro lado. Sintámonos llamados a esto. Y preguntémonos: yo, aquí donde vivo, yo en la familia, yo en el trabajo, en mi comunidad, ¿promuevo la comunión, soy artífice de reconciliación? ¿Me comprometo a calmar los conflictos, a llevar perdón donde hay odio, paz donde hay rencor? ¿O yo caigo en el mundo de las habladurías que siempre mata? Jesús busca que seamos ante el mundo testigos de estas palabras suyas: ¡La paz esté con ustedes! He recibido la paz, la doy a otro. 

3. ¡La paz esté con ustedes! repite el Señor por tercera vez cuando se les aparece nuevamente a los discípulos ocho días después, para confirmar la fe tambaleante de Tomás. Tomás quiere ver y tocar. Y el Señor no se escandaliza de su incredulidad, sino que va a su encuentro: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos» (v. 27). No son palabras desafiantes, sino de misericordia. Jesús comprende la dificultad de Tomás, no lo trata con dureza y el apóstol se conmueve interiormente ante tanta bondad. Y es así que de incrédulo se vuelve creyente, y hace esta confesión de fe tan sencilla y hermosa: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Es una linda invocación, que podemos hacer nuestra y repetirla durante el día, sobre todo cuando experimentamos dudas y oscuridad, como Tomás.

Porque en Tomás está la historia de todo creyente, de cada uno de nosotros. Hay momentos difíciles, en los que parece que la vida desmiente a la fe, en los que estamos en crisis y necesitamos tocar y ver. Pero, como Tomás, es precisamente en esos momentos cuando redescubrimos el corazón del Señor, su misericordia. Jesús, en estas situaciones, no viene hacia nosotros de modo triunfante y con pruebas abrumadoras, no hace milagros rimbombantes, sino que ofrece cálidos signos de misericordia. Nos consuela con el mismo estilo del Evangelio de hoy: ofreciéndonos sus llagas. No olvidemos esto, ante el pecado, el más escandaloso pecado nuestro o de los demás, está siempre la presencia del Señor que ofrece sus llagas. No olvidemos eso. Y en nuestro ministerio de confesores, debemos hacer ver a la gente que ante sus pecados están las llagas del Señor, que son más poderosas que el pecado. 

Y nos hace descubrir también las llagas de los hermanos y de las hermanas. Sí, la misericordia de Dios, en nuestras crisis y en nuestros cansancios, a menudo nos pone en contacto con los sufrimientos del prójimo. Pensábamos que éramos nosotros los que estábamos en la cúspide del sufrimiento, en el culmen de una situación difícil, y descubrimos aquí, permaneciendo en silencio, que alguien está pasando momentos peores. Y, si nos hacemos cargo de las llagas del prójimo y en ellas derramamos misericordia, renace en nosotros una esperanza nueva, que consuela en la fatiga. Preguntémonos entonces si en este último tiempo hemos tocado las llagas de alguien que sufra en el cuerpo o en el espíritu; si hemos llevado paz a un cuerpo herido o a un espíritu quebrantado; si hemos dedicado un poco de tiempo a escuchar, acompañar y consolar. Cuando lo hacemos, encontramos a Jesús, que desde los ojos de quienes son probados por la vida, nos mira con misericordia y nos dice: ¡La paz esté con ustedes!

Y me gusta pensar en la presencia de la Virgen entre los Apóstoles, allí. Y así como después de Pentecostés la hemos pensado como Madre de la Iglesia, a mí me gusta pensarla el lunes, después del Domingo de la Misericordia, como Madre de la Misericordia. Que Ella nos ayude a avanzar en nuestro hermoso ministerio.

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS MISIONEROS DE LA DIVINA MISERICORDIA

Sala de Audiencias Pablo VI.    Lunes, 25 de abril de 2022

Queridas Misioneras de la Misericordia, ¡buenos días y bienvenidas!

     Quería volver a encontraros, porque os he encomendado el ministerio que más me es querido: ser instrumento eficaz de la misericordia de Dios. Veo que cada año aumenta el número de Misioneras de la Misericordia: aquí hay otros problemas, pero aumenta. Esto me da alegría, porque significa que vuestra presencia en las Iglesias particulares es considerada importante y cualificante. Agradezco al arzobispo Rino Fisichella sus palabras y la información que me ha facilitado con respecto a vuestro compromiso misionero. Y en efecto, fue fiel a la inspiración de Dios, porque ésta es su invención; pero fue él quien me dio esta idea y me animó, porque vio en la Iglesia la necesidad de vuestra presencia, vuestra disponibilidad y vuestra cercanía para perdonar: para perdonar, sin pasar por tantos canales. Praedicate Evangelium : «La evangelización se realiza en particular a través del anuncio de la misericordia divina, a través de múltiples modos y expresiones. A este fin contribuye de modo particular la acción específica de las Misioneras de la Misericordia” ( art. 59 § 2 ). Quería ubicarte ahí, en la Constitución Apostólica, porque eres un instrumento privilegiado en la Iglesia, hoy, y no eres un movimiento que existe hoy y no existe mañana, no, estás en la estructura de la Iglesia. Es por eso que quería ponerte allí. Espero, por tanto, que seáis capaces de crecer aún más, y por eso dirijo mi esperanza a los obispos para que sepan identificar sacerdotes santos, misericordiosos, dispuestos al perdón, para convertirse en plenos misioneros de la Misericordia.

     En nuestro primer encuentro (9 de febrero de 2016) me detuve a reflexionar con vosotros sobre la figura de Noé, y sobre la manta que le pusieron sus hijos para protegerle de la vergüenza de su desnudez. En aquella ocasión os invité a "cubrir al pecador con el manto de la misericordia, para que no se avergüence más y pueda recuperar el gozo de su dignidad filial". En nuestro segundo encuentro (10 de abril de 2018), con las palabras del profeta Isaías, te pedí que fueras un signo de consuelo para que quienes se acercan a ti capten el justo sentimiento de que Dios nunca olvida a nadie, ni abandona a nadie hasta el punto de habiendo querido tatuarse en su mano el nombre de cada criatura (cf. Is 49,16).

     Hoy deseo ofrecerles otra figura bíblica que puede inspirar su ministerio. Se trata de Rut, la mujer moabita que, a pesar de venir de un país extranjero, entra de lleno en la historia de la salvación. El Libro dedicado a ella la presenta como la bisabuela de David ( Rut4, 18-22), y el Evangelio de Mateo lo menciona expresamente entre los antepasados ​​de Jesús (cf. 1,5). Ruth es una niña pobre de origen modesto; ella enviuda siendo muy joven y además vive en un país extranjero que la considera una intrusa y ni siquiera digna de solidaridad. La suya es una condición que en la cultura actual nadie sería capaz de entender completamente. Rut dependía de los demás en todo: antes del matrimonio dependía de su padre y después del matrimonio de su marido; como viuda debe ser protegida por sus hijos, pero no tiene ninguno; está marginada en el pueblo donde vive, por ser moabita; está sin apoyo y sin ninguna defensa. En resumen, su vida está entre las peores imaginables y parece no tener futuro.

     Por si todo esto fuera poco, el autor sagrado agrega que la única persona con la que Rut está conectada es la suegra Noemí. Incluso la condición de Noemí, sin embargo, ciertamente no es la mejor: es viuda, ha perdido a sus dos hijos y es demasiado mayor para tener otros; por lo tanto, está destinado a morir sin dejar descendencia. Noemí, que había emigrado a la tierra de Moab, decide regresar a Belén, su país de origen, y tiene que afrontar un largo y fatigoso viaje. Noemí cree que Dios no ha sido amable con ella y lo afirma claramente: “La mano del Señor se ha vuelto contra mí” ( Rut 1,13). Su tristeza es tal que ya no quiere que la llamen por su nombre Noemí, que significa "mi dulzura", sino Mara, es decir, "amargada" (1,20). Ella estaba justo abajo, abajo, esta mujer.

     A pesar de todo esto, Ruth decide atar su vida a la de su suegra y con convicción le dice: “No me insistas en que te abandones y vuelvas sin ti, porque a donde tú vayas, yo iré. también, donde tú te detengas, yo me detendré; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, yo también moriré y allí seré sepultado. Que el Señor me haga este mal y más -es una forma de jurar-, si otra cosa que la muerte me ha de separar de ti” (1,16-17). Palabras realmente generosas: ¡pensando en una nuera y una suegra, cuyas relaciones tradicionalmente no son las mejores! - porque el futuro que le espera a Rut ciertamente no es pacífico. Y eso la pinta como una mujer generosa que realmente amaba a su suegra.

     Las dos mujeres parten hacia Belén, pero todos los días Ruth tiene que ir a buscar comida para vivir; sus días transcurren en la incertidumbre y la precariedad. Es natural preguntar: ¿Rut hizo bien en vincularse con su suegra? Todavía era joven, seguramente habría encontrado otro marido en Moab… En resumen, ¿por qué esta decisión tan arriesgada? El libro sagrado ya da una primera respuesta: Rut confió en Dios y actuó movida por un gran afecto por su anciana suegra, que de otro modo se habría quedado sola y abandonada. ¿Crees que en ese momento las viudas quedaron abandonadas y nadie las cuidó, y el Señor fue el único que curó... La historia de Rut tendrá un final feliz: mientras espiga conoce a Booz, un noble rico que demuestra estar bien dispuesto hacia ella; reconoce que su generosidad hacia su suegra le confiere una dignidad tal que ya no tiene que ser considerada una extranjera, sino parte integrante del pueblo de Israel. La mujer extranjera y pobre, obligada a buscar el sustento diario, es recompensada por su fidelidad y bondad con abundancia de dones. Las palabras del El Magníficat , que María pronuncia, son anticipados en la vida de Rut: "Ha enaltecido a los humildes [...] Ha colmado de bienes a los hambrientos" ( Lc 1, 52-53).

     También podemos sacar una gran lección para nosotros mismos. Rut no es hija de Abraham según la sangre; ella sigue siendo moabita y siempre se llamará así, pero su fidelidad y generosidad le permiten entrar con todos los derechos en el pueblo de Israel. En efecto, Dios no abandona a quien se encomienda a él, sino que va a su encuentro con un amor que retribuye más allá de todo deseo. Rut revela los rasgos de la misericordia cuando no deja sola a Noemí , sino que comparte con ella su futuro; cuando no se contenta con estar cerca de ella, sino que comparte con ella la fe y la experiencia de ser parte de un pueblo nuevo; cuando está dispuesta a superar todos los obstáculos para permanecer fiel. Lo que obtenemos es realmente el rostro de la misericordia que se manifiesta con compasión .compartir _

     Esta figura de Rut es un icono de cómo podemos superar las múltiples formas de exclusión y marginación que acechan en nuestro comportamiento. Si meditamos en los cuatro capítulos que componen este breve libro, descubrimos una riqueza increíble. Esas pocas páginas resaltan la confianza en el amor de Dios que se extiende a todos. Más aún: se revela que Dios conoce la belleza interior de las personas aunque todavía no tengan la fe del pueblo elegido; está atento a sus sentimientos, especialmente a la fidelidad, lealtad, generosidad y esperanza que habitan en el corazón de las personas cuando son puestas a prueba. En su sencillez, este relato revela una sorprendente riqueza de significados. Ser generoso se manifiesta como la elección justa y valiente que nunca debe fallar en nuestra existencia sacerdotal.

     Queridos hermanos Misioneros de la Misericordia, en el Libro de Rut Dios nunca habla, nunca, no hay una palabra. Se le menciona muchas veces; los personajes a menudo se refieren a él, pero Él permanece en silencio. Descubrimos, sin embargo, que Dios se comunica precisamente a través de Rut. Cada uno de sus gestos de bondad hacia Noemí, que se considera "amargada por Dios", se convierte en signo tangible de la cercanía y bondad del Señor. A través de esta figura, también nosotros estamos invitados a captar la presencia de Dios en la vida de las personas. El camino que se vive es muchas veces arduo, difícil, a veces incluso lleno de tristeza; Sin embargo, Dios emprende este camino para revelar su amor. Nos corresponde a nosotros, con nuestro ministerio, dar voz a Dios -esto es importante: las Misioneras de la Misericordia damos voz a Dios- y mostrar el rostro de su misericordia. depende de nosotros Una persona que se encuentra con uno de ustedes debe cambiar, debe cambiar sus sentimientos, sus pensamientos acerca de Dios: "Ahora, con este misionero, comprendo, he sentido quién es Dios". No olvidemos nunca que Dios no actúa en la vida cotidiana de las personas a través de actos trastornadores, sino de manera silenciosa, discreta, sencilla, tanto que se manifiesta a través de las personas que se convierten en sacramento de su presencia. Y vosotros sois sacramento de la presencia de Dios. tanto es así que se manifiesta a través de las personas que se convierten en sacramento de su presencia. Y vosotros sois sacramento de la presencia de Dios. tanto es así que se manifiesta a través de las personas que se convierten en sacramento de su presencia. Y vosotros sois sacramento de la presencia de Dios.

     Por favor, mantenga alejada de usted toda forma de juicio y anteponga siempre el deseo de comprender a la persona que tiene delante. Nunca te detengas en un solo detalle, sino mira la totalidad de su vida. ¡Es una vida que se arrodilla para pedir perdón! ¿Y quién soy yo, para no perdonar? “Pero este canon dice esto, así que no puedo…”. Tranquilizarse. Estás frente a una mujer o un hombre que te pide perdón, y tienes el perdón en el bolsillo. ¿Se quedará en tu bolsillo? ¿O tu generosidad te lo dará? “Pero hay que ser precisos en el perdón…”. No, no eres apto para ser un misionero de la misericordia. Ve a una cartuja a orar por tus pecados. Esto no está bien. Dios no se detiene en las apariencias, y si juzgara solo por las faltas, ¡probablemente nadie se salvaría! ¿Quién de nosotros no tiene ninguno? No es así como se expresa la misericordia. Lc 15, 18-20).

     He aquí, pues, la exhortación que os hago: tened siempre a mano el manto de la misericordia -pensemos en Noé- para envolver con su calor a los que acuden a vosotros para ser perdonados; ofrece consuelo a los que están tristes y solos; sed generosos como Rut, porque sólo así el Señor os reconocerá como sus fieles ministros. "Pero, Padre, usted sabe que en este mundo moderno, con tantas cosas raras, tantos pecados nuevos, nunca se sabe, porque yo lo perdono, pero tal vez mañana vuelva a pedir otro perdón". ¿Y qué te asombra? Pedro le había hecho la misma pregunta al Señor, y la respuesta fue: "setenta veces siete". Todo el tiempo. Siempre perdón. No lo pospongas. "No, tengo que consultar al moralista...". No lo pospongas. Hoy dia. "Pero no sé si está convencido". Mira, es una persona que te pide perdón: ¿Quién eres tú para preguntarle si está convencido o no? Toma la palabra y perdona. Siempre perdona. Por favor siempre perdona. Con el perdón de Cristo no jugamos, no bromeamos.

     Y, antes de terminar, quisiera -lo he dicho en otras ocasiones- recordar a un gran confesor, o más bien dos, que conocí en mi anterior diócesis. Uno era sacramentino, hombre de gobierno, era provincial, pero nunca salía del confesionario. ¡Y había cola! Era viejo, y te escuchaba, y lo único que decía era: “Bueno, bueno, bueno…”. Dios es bueno, y hola. No iba a meter la nariz en las circunstancias. Y pequé contra este hombre porque, cuando murió, fui y vi el ataúd sin flores; Fui a la floristería, compré unas flores y se las llevé. Y mientras arreglaba las flores, vi el rosario... y robé la cruz. Y yo le dije: "Dame la mitad de tu misericordia". Pensando en Eliseo: “Dame la mitad de tu misericordia”. Y llevo la cruz aquí, siempre, conmigo. Un buen hombre. Otro sigue vivo: el otro día lo llamé por teléfono porque cumplía 95 años. Se confiesa todo el día. Una cola enorme de gente: hombres, mujeres, niños, muchachos, sacerdotes, obispos, monjas, todos, todo el pueblo de Dios, y confiesa. Y un día se me acercó, en el episcopio y me dijo: “Oye, tengo un poco de escrúpulo, porque creo que perdono demasiado”. Un capuchino, bueno, este; el otro era un sacramentino, este capuchino. "¿Y qué haces cuando perdonas demasiado?" - "Eh, voy a la capilla y digo: 'Señor, perdóname, porque he perdonado demasiado', pero enseguida me viene algo dentro y le digo a Él, al Señor: 'Pero ten cuidado, porque fue Tú que me diste el mal ejemplo: ¡Has perdonado demasiado!'”. Piensa en estos dos ejemplos, y no te canses de perdonar, porque Él nunca se cansa de perdonar, nunca. Lo llamé por teléfono el otro día porque cumplía 95 años. Se confiesa todo el día. Una cola enorme de gente: hombres, mujeres, niños, muchachos, sacerdotes, obispos, monjas, todos, todo el pueblo de Dios, y confiesa. Y un día se me acercó, en el episcopio y me dijo: “Oye, tengo un poco de escrúpulo, porque creo que perdono demasiado”. Un capuchino, bueno, este; el otro era un sacramentino, este capuchino. "¿Y qué haces cuando perdonas demasiado?" - "Eh, voy a la capilla y digo: 'Señor, perdóname, porque he perdonado demasiado', pero enseguida me viene algo dentro y le digo a Él, al Señor: 'Pero ten cuidado, porque fue Tú que me diste el mal ejemplo: ¡Has perdonado demasiado!'”. Piensa en estos dos ejemplos, y no te canses de perdonar, porque Él nunca se cansa de perdonar, nunca. Lo llamé por teléfono el otro día porque cumplía 95 años. Se confiesa todo el día. Una cola enorme de gente: hombres, mujeres, niños, muchachos, sacerdotes, obispos, monjas, todos, todo el pueblo de Dios, y confiesa. Y un día se me acercó, en el episcopio y me dijo: “Oye, tengo un poco de escrúpulo, porque creo que perdono demasiado”. Un capuchino, bueno, este; el otro era un sacramentino, este capuchino. "¿Y qué haces cuando perdonas demasiado?" - "Eh, voy a la capilla y digo: 'Señor, perdóname, porque he perdonado demasiado', pero enseguida me viene algo dentro y le digo a Él, al Señor: 'Pero ten cuidado, porque fue Tú que me diste el mal ejemplo: ¡Has perdonado demasiado!'”. Piensa en estos dos ejemplos, y no te canses de perdonar, porque Él nunca se cansa de perdonar, nunca.

     Os bendigo a todos y os acompaño con la oración, para que vuestro ministerio sea fecundo. Y no te olvides de orar por mí. ¡Gracias!

 

 

 

 

 

 

 

 

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