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3º
encuentro 2022
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Papa Francisco a los Misioneros

SANTA MISA DE LA
DIVINA MISERICORDIA
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE FRANCISCO
Basílica de San Pedro
II Domingo de Pascua
o de la Divina Misericordia, 24 de
abril de 2022
Hoy el Señor
resucitado se aparece a los
discípulos y, a ellos, que lo habían
abandonado, les ofrece su
misericordia, mostrándoles sus
llagas. Las palabras que les dirige
están acompasadas por un saludo, que
se menciona tres veces en el
Evangelio de hoy: «¡La paz esté con
ustedes!» (Jn 20,19.21.26). ¡La paz
esté con ustedes! Es el saludo del
Resucitado, que sale al encuentro de
toda debilidad y error humano.
Sigamos los tres ¡la paz esté con
ustedes! de Jesús, en ellos
descubriremos tres acciones de la
divina misericordia en nosotros.
Ésta sobre todo da alegría, luego
suscita el perdón, y finalmente
consuela en la fatiga.
1. En primer lugar,
la misericordia de Dios da alegría,
una alegría especial, la alegría de
sentirnos perdonados gratuitamente.
Cuando en la tarde de Pascua los
discípulos vieron a Jesús y
escucharon por primera vez que les
decía ¡la paz esté con ustedes!, se
alegraron (cf. v. 20). Estaban
encerrados en la casa por el miedo,
pero también estaban encerrados en
sí mismos, abatidos por un
sentimiento de fracaso. Eran
discípulos que habían abandonado al
Maestro, que habían huido en el
momento de su arresto. Pedro incluso
lo había negado tres veces y uno del
grupo —¡justo uno de ellos!— había
sido el traidor. Tenían motivos para
sentirse no sólo atemorizados, sino
fracasados, pusilánimes. Es cierto
que en el pasado habían tomado
decisiones valientes, habían seguido
al Maestro con entusiasmo,
compromiso y generosidad, pero al
final todo se había desmoronado; el
miedo había prevalecido y habían
cometido el gran pecado, de dejar
solo a Jesús en el momento más
trágico. Antes de la Pascua pensaban
que estaban hechos para grandes
cosas, discutían sobre quién fuese
el más grande entre ellos. Ahora se
sienten hundidos.
En este clima llega
el primer ¡la paz esté con ustedes!.
Los discípulos deberían haber
sentido vergüenza, y en cambio se
llenan de alegría. ¿Quién los
entiende? ¿Por qué? Porque ese
rostro, ese saludo, esas palabras
desvían su atención de sí mismos a
Jesús. En efecto, «los discípulos se
alegraron —precisa el texto— de ver
al Señor» (v. 20). No piensan más en
sí mismos y en sus fallos, sino que
se sienten atraídos por sus ojos,
donde no hay severidad, sino
misericordia. Cristo no les
recrimina el pasado, sino que les
renueva su benevolencia. Y esto los
reanima, les infunde en sus
corazones la paz perdida, los hace
hombres nuevos, purificados por un
perdón que se les da sin cálculos,
un perdón que se les da sin méritos.
Esta es la alegría de
Jesús, la alegría que hemos sentido
también nosotros cuando
experimentamos su perdón. Nos ha
pasado también a nosotros sentirnos
como los discípulos en la tarde de
Pascua, después de una caída, de un
pecado o de un fracaso. En esos
momentos pareciera que no hay nada
más que hacer. Pero precisamente
allí el Señor hace lo que sea para
darnos su paz, por medio de una
Confesión, de las palabras de una
persona que se muestra cercana, de
una consolación interior del
Espíritu Santo, de un acontecimiento
inesperado y sorprendente. De
diferentes maneras Dios se asegura
de hacernos sentir el abrazo de su
misericordia, una alegría que nace
de recibir “el perdón y la paz”. Sí,
la alegría de Dios nace del perdón y
deja la paz. Es así, nace del perdón
y deja la paz, una alegría que
levanta sin humillar, como si el
Señor no entendiera lo que está
sucediendo. Hermanos y hermanas,
hagamos memoria del perdón y de la
paz que recibimos de Jesús. Cada uno
de nosotros los ha recibido, cada
uno de nosotros tiene esa
experiencia, hagamos pues memoria,
nos hará bien. Antepongamos el
recuerdo del abrazo y de las
caricias de Dios al de nuestros
errores y nuestras caídas. De ese
modo alimentaremos la alegría.
Porque nada puede seguir siendo como
antes para quien experimenta la
alegría de Dios. Esta alegría nos
cambia.
2. ¡La paz esté con
ustedes! El Señor lo dice por
segunda vez, agregando: «Como el
Padre me envió, así yo los envío a
ustedes» (v. 21). Y les da a los
discípulos el Espíritu Santo, para
hacerlos ministros de
reconciliación. «A quienes perdonen
los pecados, les quedan perdonados»
(v. 23). No sólo reciben
misericordia, sino que se convierten
en dispensadores de esa misma
misericordia que han recibido.
Reciben este poder, pero no en base
a sus méritos, a sus estudios, no;
es un puro don de la gracia, que se
apoya en su propia experiencia de
hombres perdonados. Y me dirijo a
ustedes, misioneros de la
Misericordia. Si cada uno de ustedes
no se siente perdonado, que se
detenga en este ministerio, hasta el
momento de sentirse perdonado. Y de
esa misericordia recibida será capaz
de dar mucha misericordia, de dar
mucho perdón. Y, hoy y siempre, el
perdón en la Iglesia nos debe llegar
así, por medio de la humilde bondad
de un confesor misericordioso, que
sabe que no es el poseedor de un
poder, sino un canal de la
misericordia, que derrama sobre los
demás el perdón del que él mismo ha
sido el primer beneficiado. Y de
aquí nace ese “perdonar todo”,
porque Dios perdona todo, todo y
siempre. Somos nosotros los que nos
cansamos de pedir perdón, pero Él
perdona siempre. Y ustedes deben ser
canales de este perdón, a través de
su propia experiencia de ser
perdonados. No hay que torturar a
los fieles que vienen con sus
pecados, sino tratar de entender qué
sucede, escuchar y perdonar, y dar
un buen consejo, ayudando a seguir
adelante. Dios perdona todo, no hay
que cerrar esa puerta.
«A quienes perdonen
los pecados, les quedan perdonados»
(v. 23). Estas palabras están en el
origen del sacramento de la
Reconciliación, pero no sólo, pues
toda la Iglesia ha sido constituida
por Jesús como una comunidad
dispensadora de misericordia, signo
e instrumento de reconciliación para
la humanidad. Hermanos, hermanas,
cada uno de nosotros hemos recibido
en el Bautismo el Espíritu Santo
para ser hombres y mujeres de
reconciliación. Si experimentamos la
alegría de ser liberados del peso de
nuestros pecados y de nuestros
errores; si sabemos en primera
persona qué significa renacer,
después de una experiencia que
parecía no tener salida, entonces se
hace necesario compartir el pan de
la misericordia con los que están a
nuestro lado. Sintámonos llamados a
esto. Y preguntémonos: yo, aquí
donde vivo, yo en la familia, yo en
el trabajo, en mi comunidad,
¿promuevo la comunión, soy artífice
de reconciliación? ¿Me comprometo a
calmar los conflictos, a llevar
perdón donde hay odio, paz donde hay
rencor? ¿O yo caigo en el mundo de
las habladurías que siempre mata?
Jesús busca que seamos ante el mundo
testigos de estas palabras suyas:
¡La paz esté con ustedes! He
recibido la paz, la doy a otro.
3. ¡La paz esté con
ustedes! repite el Señor por tercera
vez cuando se les aparece nuevamente
a los discípulos ocho días después,
para confirmar la fe tambaleante de
Tomás. Tomás quiere ver y tocar. Y
el Señor no se escandaliza de su
incredulidad, sino que va a su
encuentro: «Trae aquí tu dedo y mira
mis manos» (v. 27). No son palabras
desafiantes, sino de misericordia.
Jesús comprende la dificultad de
Tomás, no lo trata con dureza y el
apóstol se conmueve interiormente
ante tanta bondad. Y es así que de
incrédulo se vuelve creyente, y hace
esta confesión de fe tan sencilla y
hermosa: «¡Señor mío y Dios mío!»
(v. 28). Es una linda invocación,
que podemos hacer nuestra y
repetirla durante el día, sobre todo
cuando experimentamos dudas y
oscuridad, como Tomás.
Porque en Tomás está
la historia de todo creyente, de
cada uno de nosotros. Hay momentos
difíciles, en los que parece que la
vida desmiente a la fe, en los que
estamos en crisis y necesitamos
tocar y ver. Pero, como Tomás, es
precisamente en esos momentos cuando
redescubrimos el corazón del Señor,
su misericordia. Jesús, en estas
situaciones, no viene hacia nosotros
de modo triunfante y con pruebas
abrumadoras, no hace milagros
rimbombantes, sino que ofrece
cálidos signos de misericordia. Nos
consuela con el mismo estilo del
Evangelio de hoy: ofreciéndonos sus
llagas. No olvidemos esto, ante el
pecado, el más escandaloso pecado
nuestro o de los demás, está siempre
la presencia del Señor que ofrece
sus llagas. No olvidemos eso. Y en
nuestro ministerio de confesores,
debemos hacer ver a la gente que
ante sus pecados están las llagas
del Señor, que son más poderosas que
el pecado.
Y nos hace descubrir
también las llagas de los hermanos y
de las hermanas. Sí, la misericordia
de Dios, en nuestras crisis y en
nuestros cansancios, a menudo nos
pone en contacto con los
sufrimientos del prójimo. Pensábamos
que éramos nosotros los que
estábamos en la cúspide del
sufrimiento, en el culmen de una
situación difícil, y descubrimos
aquí, permaneciendo en silencio, que
alguien está pasando momentos
peores. Y, si nos hacemos cargo de
las llagas del prójimo y en ellas
derramamos misericordia, renace en
nosotros una esperanza nueva, que
consuela en la fatiga. Preguntémonos
entonces si en este último tiempo
hemos tocado las llagas de alguien
que sufra en el cuerpo o en el
espíritu; si hemos llevado paz a un
cuerpo herido o a un espíritu
quebrantado; si hemos dedicado un
poco de tiempo a escuchar, acompañar
y consolar. Cuando lo hacemos,
encontramos a Jesús, que desde los
ojos de quienes son probados por la
vida, nos mira con misericordia y
nos dice: ¡La paz esté con ustedes!
Y me gusta pensar en
la presencia de la Virgen entre los
Apóstoles, allí. Y así como después
de Pentecostés la hemos pensado como
Madre de la Iglesia, a mí me gusta
pensarla el lunes, después del
Domingo de la Misericordia, como
Madre de la Misericordia. Que Ella
nos ayude a avanzar en nuestro
hermoso ministerio.

DISCURSO DEL SANTO
PADRE FRANCISCO
A LOS MISIONEROS DE
LA DIVINA MISERICORDIA
Sala de Audiencias
Pablo VI. Lunes, 25 de abril de
2022
Queridas Misioneras de la
Misericordia, ¡buenos días y
bienvenidas!
Quería volver a
encontraros, porque os he
encomendado el ministerio que más me
es querido: ser instrumento eficaz
de la misericordia de Dios. Veo que
cada año aumenta el número de
Misioneras de la Misericordia: aquí
hay otros problemas, pero
aumenta. Esto me da alegría, porque
significa que vuestra presencia en
las Iglesias particulares es
considerada importante y
cualificante. Agradezco al arzobispo
Rino Fisichella sus palabras y la
información que me ha facilitado con
respecto a vuestro compromiso
misionero. Y en efecto, fue fiel a
la inspiración de Dios, porque ésta
es su invención; pero fue él quien
me dio esta idea y me animó, porque
vio en la Iglesia la necesidad de
vuestra presencia, vuestra
disponibilidad y vuestra cercanía
para perdonar: para perdonar, sin
pasar por tantos canales.
Praedicate
Evangelium :
«La evangelización se realiza en
particular a través del anuncio de
la misericordia divina, a través de
múltiples modos y expresiones. A
este fin contribuye de modo
particular la acción específica de
las Misioneras de la Misericordia” ( art.
59 § 2 ). Quería
ubicarte ahí, en la Constitución
Apostólica, porque eres un
instrumento privilegiado en la
Iglesia, hoy, y no eres un
movimiento que existe hoy y no
existe mañana, no, estás en la
estructura de la Iglesia. Es por eso
que quería ponerte allí. Espero, por
tanto, que seáis capaces de crecer
aún más, y por eso dirijo mi
esperanza a los obispos para que
sepan identificar sacerdotes santos,
misericordiosos, dispuestos al
perdón, para convertirse en plenos
misioneros de la Misericordia.
En nuestro primer
encuentro (9
de febrero de 2016) me detuve a
reflexionar con vosotros sobre la
figura de Noé, y sobre la manta que
le pusieron sus hijos para
protegerle de la vergüenza de su
desnudez. En aquella ocasión os
invité a "cubrir al pecador con el
manto de la misericordia, para que
no se avergüence más y pueda
recuperar el gozo de su dignidad
filial". En nuestro segundo
encuentro (10 de abril de 2018), con
las palabras del profeta Isaías, te
pedí que fueras un signo de consuelo
para que quienes se acercan a ti
capten el justo sentimiento de que
Dios nunca olvida a nadie, ni
abandona a nadie hasta el punto de
habiendo querido tatuarse en su mano
el nombre de cada criatura (cf. Is 49,16).
Hoy deseo
ofrecerles otra figura bíblica que
puede inspirar su ministerio. Se
trata de Rut, la mujer moabita que,
a pesar de venir de un país
extranjero, entra de lleno en la
historia de la salvación. El Libro
dedicado a ella la presenta como la
bisabuela de David ( Rut4,
18-22), y el Evangelio de Mateo lo
menciona expresamente entre los
antepasados de Jesús (cf.
1,5). Ruth es una niña pobre de
origen modesto; ella enviuda siendo
muy joven y además vive en un país
extranjero que la considera una
intrusa y ni siquiera digna de
solidaridad. La suya es una
condición que en la cultura actual
nadie sería capaz de entender
completamente. Rut dependía de los
demás en todo: antes del matrimonio
dependía de su padre y después del
matrimonio de su marido; como viuda
debe ser protegida por sus hijos,
pero no tiene ninguno; está
marginada en el pueblo donde vive,
por ser moabita; está sin apoyo y
sin ninguna defensa. En resumen, su
vida está entre las peores
imaginables y parece no tener
futuro.
Por si todo esto
fuera poco, el autor sagrado agrega
que la única persona con la que Rut
está conectada es la suegra
Noemí. Incluso la condición de
Noemí, sin embargo, ciertamente no
es la mejor: es viuda, ha perdido a
sus dos hijos y es demasiado mayor
para tener otros; por lo tanto, está
destinado a morir sin dejar
descendencia. Noemí, que había
emigrado a la tierra de Moab, decide
regresar a Belén, su país de origen,
y tiene que afrontar un largo y
fatigoso viaje. Noemí cree que Dios
no ha sido amable con ella y lo
afirma claramente: “La mano del
Señor se ha vuelto contra mí” ( Rut 1,13). Su
tristeza es tal que ya no quiere que
la llamen por su nombre Noemí, que
significa "mi dulzura", sino Mara,
es decir, "amargada" (1,20). Ella
estaba justo abajo, abajo, esta
mujer.
A pesar de todo
esto, Ruth decide atar su vida a la
de su suegra y con convicción le
dice: “No me insistas en que te
abandones y vuelvas sin ti, porque a
donde tú vayas, yo iré. también,
donde tú te detengas, yo me
detendré; tu pueblo será mi pueblo y
tu Dios será mi Dios. Donde tú
mueras, yo también moriré y allí
seré sepultado. Que el Señor me haga
este mal y más -es una forma de
jurar-, si otra cosa que la muerte
me ha de separar de ti”
(1,16-17). Palabras realmente
generosas: ¡pensando en una nuera y
una suegra, cuyas relaciones
tradicionalmente no son las
mejores! - porque el futuro que le
espera a Rut ciertamente no es
pacífico. Y eso la pinta como una
mujer generosa que realmente amaba a
su suegra.
Las dos mujeres
parten hacia Belén, pero todos los
días Ruth tiene que ir a buscar
comida para vivir; sus días
transcurren en la incertidumbre y la
precariedad. Es natural preguntar:
¿Rut hizo bien en vincularse con su
suegra? Todavía era joven,
seguramente habría encontrado otro
marido en Moab… En resumen, ¿por qué
esta decisión tan arriesgada? El
libro sagrado ya da una primera
respuesta: Rut confió en Dios y
actuó movida por un gran afecto por
su anciana suegra, que de otro modo
se habría quedado sola y
abandonada. ¿Crees que en ese
momento las viudas quedaron
abandonadas y nadie las cuidó, y el
Señor fue el único que curó... La
historia de Rut tendrá un final
feliz: mientras espiga conoce a Booz,
un noble rico que demuestra estar
bien dispuesto hacia ella; reconoce
que su generosidad hacia su suegra
le confiere una dignidad tal que ya
no tiene que ser considerada una
extranjera, sino parte integrante
del pueblo de Israel. La mujer
extranjera y pobre, obligada a
buscar el sustento diario, es
recompensada por su fidelidad y
bondad con abundancia de dones. Las
palabras del El Magníficat ,
que María pronuncia, son anticipados
en la vida de Rut: "Ha enaltecido a
los humildes [...] Ha colmado de
bienes a los hambrientos" ( Lc 1,
52-53).
También podemos
sacar una gran lección para nosotros
mismos. Rut no es hija de Abraham
según la sangre; ella sigue siendo
moabita y siempre se llamará así,
pero su fidelidad y generosidad le
permiten entrar con todos los
derechos en el pueblo de Israel. En
efecto, Dios no abandona a quien se
encomienda a él, sino que va a su
encuentro con un amor que retribuye
más allá de todo deseo. Rut revela
los rasgos de la misericordia cuando no
deja sola a Noemí , sino que
comparte con ella su futuro; cuando
no se contenta con estar cerca de
ella, sino que comparte con ella la
fe y la experiencia de ser parte de
un pueblo nuevo; cuando está
dispuesta a superar todos los
obstáculos para permanecer fiel. Lo
que obtenemos es realmente el rostro
de la misericordia que se manifiesta
con compasión .y compartir _
Esta figura de
Rut es un icono de cómo podemos
superar las múltiples formas de
exclusión y marginación que acechan
en nuestro comportamiento. Si
meditamos en los cuatro capítulos
que componen este breve libro,
descubrimos una riqueza
increíble. Esas pocas páginas
resaltan la confianza en el amor de
Dios que se extiende a todos. Más
aún: se revela que Dios conoce la
belleza interior de las personas
aunque todavía no tengan la fe del
pueblo elegido; está atento a sus
sentimientos, especialmente a la
fidelidad, lealtad, generosidad y
esperanza que habitan en el corazón
de las personas cuando son puestas a
prueba. En su sencillez, este relato
revela una sorprendente riqueza de
significados. Ser generoso se
manifiesta como la elección justa y
valiente que nunca debe fallar en
nuestra existencia sacerdotal.
Queridos
hermanos Misioneros de la
Misericordia, en el Libro de Rut
Dios nunca habla, nunca, no hay una
palabra. Se le menciona muchas
veces; los personajes a menudo se
refieren a él, pero Él permanece en
silencio. Descubrimos, sin embargo,
que Dios se comunica precisamente a
través de Rut. Cada uno de sus
gestos de bondad hacia Noemí, que se
considera "amargada por Dios", se
convierte en signo tangible de la
cercanía y bondad del Señor. A
través de esta figura, también
nosotros estamos invitados a captar
la presencia de Dios en la vida de
las personas. El camino que se vive
es muchas veces arduo, difícil, a
veces incluso lleno de tristeza; Sin
embargo, Dios emprende este camino
para revelar su amor. Nos
corresponde a nosotros, con nuestro
ministerio, dar voz a Dios -esto es
importante: las Misioneras de la
Misericordia damos voz a Dios- y
mostrar el rostro de su
misericordia. depende de
nosotros Una persona que se
encuentra con uno de ustedes debe
cambiar, debe cambiar sus
sentimientos, sus pensamientos
acerca de Dios: "Ahora, con este
misionero, comprendo, he sentido
quién es Dios". No olvidemos nunca
que Dios no actúa en la vida
cotidiana de las personas a través
de actos trastornadores, sino de
manera silenciosa, discreta,
sencilla, tanto que se manifiesta a
través de las personas que se
convierten en sacramento de su
presencia. Y vosotros sois
sacramento de la presencia de
Dios. tanto es así que se manifiesta
a través de las personas que se
convierten en sacramento de su
presencia. Y vosotros sois
sacramento de la presencia de
Dios. tanto es así que se manifiesta
a través de las personas que se
convierten en sacramento de su
presencia. Y vosotros sois
sacramento de la presencia de Dios.
Por favor,
mantenga alejada de usted toda forma
de juicio y anteponga siempre el
deseo de comprender a la persona que
tiene delante. Nunca te detengas en
un solo detalle, sino mira la
totalidad de su vida. ¡Es una vida
que se arrodilla para pedir
perdón! ¿Y quién soy yo, para no
perdonar? “Pero este canon dice
esto, así que no
puedo…”. Tranquilizarse. Estás
frente a una mujer o un hombre que
te pide perdón, y tienes el perdón
en el bolsillo. ¿Se quedará en tu
bolsillo? ¿O tu generosidad te lo
dará? “Pero hay que ser precisos en
el perdón…”. No, no eres apto para
ser un misionero de la
misericordia. Ve a una cartuja a
orar por tus pecados. Esto no está
bien. Dios no se detiene en las
apariencias, y si juzgara solo por
las faltas, ¡probablemente nadie se
salvaría! ¿Quién de nosotros no
tiene ninguno? No es así como se
expresa la misericordia. Lc 15,
18-20).
He aquí, pues,
la exhortación que os hago: tened
siempre a mano el manto de la
misericordia -pensemos en Noé- para
envolver con su calor a los que
acuden a vosotros para ser
perdonados; ofrece consuelo a los
que están tristes y solos; sed
generosos como Rut, porque sólo así
el Señor os reconocerá como sus
fieles ministros. "Pero, Padre,
usted sabe que en este mundo
moderno, con tantas cosas raras,
tantos pecados nuevos, nunca se
sabe, porque yo lo perdono, pero tal
vez mañana vuelva a pedir otro
perdón". ¿Y qué te asombra? Pedro le
había hecho la misma pregunta al
Señor, y la respuesta fue: "setenta
veces siete". Todo el
tiempo. Siempre perdón. No lo
pospongas. "No, tengo que consultar
al moralista...". No lo
pospongas. Hoy dia. "Pero no sé si
está convencido". Mira, es una
persona que te pide perdón: ¿Quién
eres tú para preguntarle si está
convencido o no? Toma la palabra y
perdona. Siempre perdona. Por favor
siempre perdona. Con el perdón de
Cristo no jugamos, no bromeamos.
Y, antes de
terminar, quisiera -lo he dicho en
otras ocasiones- recordar a un gran
confesor, o más bien dos, que conocí
en mi anterior diócesis. Uno era
sacramentino, hombre de gobierno,
era provincial, pero nunca salía del
confesionario. ¡Y había cola! Era
viejo, y te escuchaba, y lo único
que decía era: “Bueno, bueno,
bueno…”. Dios es bueno, y hola. No
iba a meter la nariz en las
circunstancias. Y pequé contra este
hombre porque, cuando murió, fui y
vi el ataúd sin flores; Fui a la
floristería, compré unas flores y se
las llevé. Y mientras arreglaba las
flores, vi el rosario... y robé la
cruz. Y yo le dije: "Dame la mitad
de tu misericordia". Pensando en
Eliseo: “Dame la mitad de tu
misericordia”. Y llevo la cruz aquí,
siempre, conmigo. Un buen
hombre. Otro sigue vivo: el otro día
lo llamé por teléfono porque cumplía
95 años. Se confiesa todo el
día. Una cola enorme de gente:
hombres, mujeres, niños, muchachos,
sacerdotes, obispos, monjas, todos,
todo el pueblo de Dios, y
confiesa. Y un día se me acercó, en
el episcopio y me dijo: “Oye, tengo
un poco de escrúpulo, porque creo
que perdono demasiado”. Un
capuchino, bueno, este; el otro era
un sacramentino, este capuchino. "¿Y
qué haces cuando perdonas
demasiado?" - "Eh, voy a la capilla
y digo: 'Señor, perdóname, porque he
perdonado demasiado', pero enseguida
me viene algo dentro y le digo a Él,
al Señor: 'Pero ten cuidado, porque
fue Tú que me diste el mal ejemplo:
¡Has perdonado demasiado!'”. Piensa
en estos dos ejemplos, y no te
canses de perdonar, porque Él nunca
se cansa de perdonar, nunca. Lo
llamé por teléfono el otro día
porque cumplía 95 años. Se confiesa
todo el día. Una cola enorme de
gente: hombres, mujeres, niños,
muchachos, sacerdotes, obispos,
monjas, todos, todo el pueblo de
Dios, y confiesa. Y un día se me
acercó, en el episcopio y me dijo:
“Oye, tengo un poco de escrúpulo,
porque creo que perdono
demasiado”. Un capuchino, bueno,
este; el otro era un sacramentino,
este capuchino. "¿Y qué haces cuando
perdonas demasiado?" - "Eh, voy a la
capilla y digo: 'Señor, perdóname,
porque he perdonado demasiado', pero
enseguida me viene algo dentro y le
digo a Él, al Señor: 'Pero ten
cuidado, porque fue Tú que me diste
el mal ejemplo: ¡Has perdonado
demasiado!'”. Piensa en estos dos
ejemplos, y no te canses de
perdonar, porque Él nunca se cansa
de perdonar, nunca. Lo llamé por
teléfono el otro día porque cumplía
95 años. Se confiesa todo el
día. Una cola enorme de gente:
hombres, mujeres, niños, muchachos,
sacerdotes, obispos, monjas, todos,
todo el pueblo de Dios, y
confiesa. Y un día se me acercó, en
el episcopio y me dijo: “Oye, tengo
un poco de escrúpulo, porque creo
que perdono demasiado”. Un
capuchino, bueno, este; el otro era
un sacramentino, este capuchino. "¿Y
qué haces cuando perdonas
demasiado?" - "Eh, voy a la capilla
y digo: 'Señor, perdóname, porque he
perdonado demasiado', pero enseguida
me viene algo dentro y le digo a Él,
al Señor: 'Pero ten cuidado, porque
fue Tú que me diste el mal ejemplo:
¡Has perdonado demasiado!'”. Piensa
en estos dos ejemplos, y no te
canses de perdonar, porque Él nunca
se cansa de perdonar, nunca.
Os bendigo a
todos y os acompaño con la oración,
para que vuestro ministerio sea
fecundo. Y no te olvides de orar por
mí. ¡Gracias!
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