DISCURSO DEL SANTO
PADRE FRANCISCO
A LOS MISIONEROS
DE LA MISERICORDIA
Sala Regia
Martes, 10 de abril
de 2018
Queridos misioneros:
Bienvenidos, gracias,
y espero que los que hayan sido
nombrados obispos no hayan perdido
la capacidad de “misericordiar”. Es
importante.
Para mí es una
alegría encontraros después de la
hermosa experiencia del Jubileo de
la Misericordia. Como sabéis, al
final de ese Jubileo extraordinario
vuestro ministerio debería haber
terminado. Y, sin embargo,
reflexionando sobre el gran servicio
que habéis prestado a la Iglesia, y
sobre cuánto bien habéis hecho a
muchos creyentes a través de vuestra
predicación y especialmente con la
celebración del sacramento de la
Reconciliación, he pensado que era
apropiado que vuestro mandato
pudiera ser prolongado durante algún
un tiempo. He recibido muchos
testimonios de conversiones surgidas
a través de vuestro servicio. Y sois
testigos de ello. Debemos reconocer
verdaderamente que la misericordia
de Dios no conoce fronteras y con
vuestro ministerio sois un signo
concreto de que la Iglesia no puede,
no debe y no quiere crear ninguna
barrera o dificultad que impida el
acceso al perdón del Padre. El “hijo
pródigo” no tuvo que pasar por la
aduana: fue acogido por el Padre,
sin obstáculos.
Doy las gracias a
Monseñor Fisichella por sus palabras
introductorias y a los colaboradores
del Consejo Pontificio para la Nueva
Evangelización por organizar estos
días de oración y reflexión. Pienso
también en aquellos que no pudieron
venir, para que se sientan, de todas
formas, partícipes y, aunque sea a
distancia, también les llegue mi
aprecio y mi agradecimiento.
Me gustaría compartir
con vosotros algunas reflexiones
para sostener mejor la
responsabilidad que he puesto en
vuestras manos, y para que el
ministerio de misericordia que
estáis llamados a vivir de un modo
especial se exprese de la mejor
manera, de acuerdo con la voluntad
del Padre que Jesús nos reveló, y
que en la luz de Pascua adquiere su
significado más pleno. Y con estas
palabras ―el discurso quizás será
algo largo― quisiera subrayar la
doctrina de vuestro ministerio, que
no es una idea ―“hagamos esta
experiencia pastoral y luego veremos
cómo sale”―, no. Es una experiencia
pastoral que tiene detrás una
doctrina verdadera y propia.
Una primera reflexión
la sugiere el texto del profeta
Isaías, donde leemos: «En el momento
de la benevolencia, te respondí, el
día de la salvación te ayudé. [...]
el Señor consuela a su pueblo y
tiene misericordia de sus pobres.
Dice Sión : “El Señor me ha
abandonado, el Señor me ha
olvidado”. ¿Acaso olvida una mujer a
su niño de pecho, sin compadecerse
del hijo de sus entrañas? Pues
aunque ésas llegasen a olvidar, yo
no te olvido» (Is 49, 8.13-15). Es
un texto impregnado del tema de la
misericordia. La benevolencia, el
consuelo, la cercanía, la promesa
del amor eterno...: todas son
expresiones que pretenden expresar
la riqueza de la misericordia
divina, sin agotarla solamente en un
aspecto.
San Pablo, en su
segunda carta a los Corintios,
tomando este texto de Isaías, lo
actualiza y parece querer aplicarlo
precisamente a nosotros. Escribe
así: «Y como cooperadores suyos que
somos, os exhortamos a que no
recibáis en vano la gracias de Dios.
Pues dice él: “En el tiempo
favorable te escuché y en el día de
salvación te ayudé”. ¡Mirad, ahora
es el tiempo favorable; ahora el día
de salvación!» (6,1-2). La primera
indicación que nos brinda el Apóstol
es que somos colaboradores de Dios.
Cuanto sea intenso este llamado, es
fácil de verificar. Algunos
versículos antes, Pablo había
expresado el mismo concepto
diciendo: «Somos, pues, embajadores
de Cristo, como si Dios exhortara
por medio de nosotros. En nombre de
Cristo os suplicamos: ―parece como
si estuviera de rodillas―
¡reconciliaos con Dios!» (5,20). El
mensaje que nosotros llevamos como
embajadores en nombre de Cristo es
hacer las paces con Dios. Nuestro
apostolado es un llamado a buscar y
recibir el perdón del Padre. Como
podemos ver, Dios necesita hombres
que lleven al mundo su perdón y su
misericordia. Es la misma misión que
el Señor resucitado dio a los
discípulos después de su Pascua:
«Jesús les dijo otra vez: “¡La paz
sea con vosotros! Como el Padre me
envío, también yo os envío”. Dicho
esto, sopló sobre ellos y les dijo:
“Recibid el Espíritu Santo”. A
quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos» (Jn
20,21-23). Esta responsabilidad
puesta en nuestras manos ―nosotros
somos responsables― requiere un
estilo de vida coherente con la
misión que hemos recibido. Siempre
es el Apóstol quien lo recuerda: «A
nadie damos ocasión alguna de
tropiezo, para que no se haga mofa
del ministerio» (2 Cor 6,3). Ser
colaboradores de la misericordia,
por lo tanto, presupone vivir el
amor misericordioso que nosotros
hemos experimentado primero. No
podría ser de otra manera.
En este contexto,
recuerdo las palabras que Pablo, al
final de su vida, ya anciano,
escribió a Timoteo, su fiel
colaborador que dejará como sucesor
suyo en la comunidad de Éfeso. El
Apóstol agradece al Señor Jesús por
haberlo llamado al ministerio (cf.
1Tm 1,12); confiesa que fue un
«blasfemo, un perseguidor y un
insolente»; y sin embargo, dice,
«encontré misericordia» (1,13). Os
confieso que tantas, tantas veces,
me detengo en este versículo:
“Encontré misericordia”. Y a mí me
hace bien, me da valor. Por decirlo
así, siento come el abrazo del
Padre, las caricias del Padre.
Repetir esto, a mí, personalmente,
da mucha fuerza, porque es verdad:
yo también puedo decir “encontré
misericordia”. La gracia del Señor
fue superabundante en él; actuó de
tal manera que le hizo comprender lo
pecador que era y, a partir de aquí,
le permitió descubrir el núcleo del
Evangelio. Por eso escribe: «Es
cierta y digna de ser aceptada por
todos esta afirmación: Cristo Jesús
vino al mundo a salvar a los
pecadores, y el primero de ellos soy
yo. Y si hallé misericordia, fue
para que en mí primeramente
manifestase Jesucristo toda su
paciencia» (1,15-16). Al final de la
vida, el Apóstol no renuncia a
reconocer quién era, no oculta su
pasado. Podría hacer una lista de
sus muchos éxitos, nombrar las
tantas comunidades que había
fundado...; en cambio, prefiere
subrayar la experiencia que más le
afectó y marcó en la vida. A Timoteo
le indica el camino a seguir:
reconocer la misericordia de Dios
sobre todo en la existencia
personal. Ciertamente, no se trata
de acomodarse al hecho de ser
pecadores, como si quisiéramos
justificarnos cada vez, anulando así
el poder de la conversión. Pero
siempre debemos recomenzar desde
este punto fijo: Dios me ha tratado
con misericordia. Esta es la clave
para convertirse en cooperadores de
Dios. Experimentamos la misericordia
y nos convertimos en ministros de
misericordia. En resumen, los
ministros no se colocan por encima
de los demás como si fueran jueces
de los hermanos pecadores. Un
verdadero misionero de misericordia
se refleja en la experiencia del
Apóstol: Dios me ha elegido; Dios
confía en mí; Dios ha puesto su
confianza en mí llamándome, a pesar
de ser un pecador, para que sea su
cooperador para que haga real,
eficaz y concreta su misericordia.
Este es el comienzo,
por decirlo así. Prosigamos.
Sin embargo, San
Pablo agrega a las palabras del
profeta Isaías algo extremadamente
importante. Cuántos son cooperadores
de Dios y administradores de
misericordia deben prestar atención
para no hacer vana la gracia de
Dios. Él escribe: «Os exhortamos a
que no recibáis en vano la gracia de
Dios» (2Cor 6,1). Esta es la primera
advertencia que recibimos: reconocer
la acción de la gracia y su primacía
en nuestras vidas y personas.
Sabéis que me gusta
mucho el neologismo: primerear. Como
la flor del almendro, así se define
el Señor. “Yo soy como la flor del
almendro”. Primerear. La primavera,
primerear. Y me gusta este
neologismo para expresar
precisamente la dinámica del primer
acto con el que Dios viene a nuestro
encuentro. El primerear de Dios
nunca puede ser olvidado o dado como
obvio, de lo contrario no se
entiende plenamente el misterio de
la salvación realizada mediante el
acto de reconciliación que Dios obra
a través del misterio pascual de
Jesucristo. La reconciliación no es,
como a menudo pensamos, una
iniciativa privada nuestra o el
fruto de nuestro esfuerzo. Si este
fuera el caso, caeríamos en esa
forma de neo-pelagianismo que tiende
a sobreestimar al hombre y sus
proyectos, olvidando que el Salvador
es Dios y no nosotros. Siempre
debemos reiterar, pero especialmente
con respecto al sacramento de la
Reconciliación, que la primera
iniciativa es del Señor; es Él quien
nos precede en el amor, pero no de
forma universal: caso por caso. En
cada caso Él precede, con cada
persona. Por esta razón, la Iglesia
«sabe adelantarse ―tiene que
hacerlo―, sabe tomar la iniciativa
sin miedo, salir al encuentro,
buscar a los lejanos y llegar a los
cruces de los caminos para invitar a
los excluidos. El Evangelio nos dice
que la fiesta fue con ellos (cf. Lc
14,21).Vive un deseo inagotable de
brindar misericordia, fruto de haber
experimentado la infinita
misericordia del Padre y su fuerza
difusiva» (Exhort. ap. Evangelii
gaudium, 24) .
Cuando se acerca a
nosotros un penitente, es importante
y consolador reconocer que estamos
ante el primer fruto del encuentro
ya acaecido con el amor de Dios, que
con su gracia ha abierto su corazón
haciéndolo disponible a la
conversión. Nuestro corazón
sacerdotal debe percibir el milagro
de una persona que se ha encontrado
con Dios y que ya ha experimentado
la eficacia de su gracia. No podría
haber una verdadera reconciliación,
si ésta no comenzase con la gracia
de un encuentro con Dios que precede
al encuentro con nosotros los
confesores. Esta mirada de fe
permite situar la experiencia de
reconciliación como un evento que
tiene su origen en Dios, el Pastor
que apenas se da cuenta de haber
perdido una oveja sale a buscarla
hasta que no la encuentra (cf. Lc
15,4 -6).
Nuestra tarea, y este
es un segundo paso, consiste en no
hacer vana la acción de la gracia de
Dios, sino sostenerla y permitir que
se realice. A veces,
desafortunadamente, puede suceder
que un sacerdote, con su
comportamiento, en lugar de acercar
al penitente, lo aleje. Por ejemplo,
para defender la integridad del
ideal evangélico, se descuidan los
pasos que una persona da día tras
día. No se alimenta así la gracia de
Dios. Reconocer el arrepentimiento
del pecador equivale a darle la
bienvenida con los brazos abiertos,
para imitar al padre de la parábola
que da la bienvenida a su hijo
cuando vuelve a casa (Lc 15,20);
significa no dejarle que termine ni
siquiera las palabras. A mí, esto me
ha llamado siempre la atención: el
papá ni siquiera le ha dejado que
terminase las palabras, lo ha
abrazado. Él tenía el discurso
preparado pero (el padre) lo abraza.
Significa no dejarle ni siquiera
terminar las palabras que había
preparado para disculparse (cf. v
22), porque el confesor ya ha
entendido todo, fuerte de la
experiencia de ser un pecador
también. No hay necesidad de hacer
que se avergüence aquel que ya ha
reconocido su pecado y sabe que se
ha equivocado; no es necesario
inquirir ―esos confesores que
preguntan, preguntan, diez, veinte,
treinta, cuarenta minutos… ¿Y cómo
se hizo? ¿Y cómo…? No es necesario
inquirir allí donde la gracia del
Padre ya ha intervenido; no está
permitido violar el espacio sagrado
de una persona en su relación con
Dios. Un ejemplo de la Curia romana:
hablamos tan mal de la Curia romana,
pero aquí dentro hay santos. Un
cardenal, Prefecto de una
Congregación, tiene la costumbre de
ir a confesar a Santo Spirito in
Sassia, dos o tres veces por semana
―tiene su horario fijo― y un día,
explicando, dijo: “ Cuando me doy
cuenta de que una persona empieza a
tener dificultades en decir algo y
yo ya he entendido de qué se trata,
le digo: “He entendido. Sigue”. Y
esa persona “respira”. Es un buen
consejo: cuando se sabe de qué se
trata “he entendido, sigue”.
Aquí, la bella
expresión del profeta Isaías
adquiere todo su significado: «En
tiempo favorable te escuché, el día
de la salvación te ayudé» (49.8). De
hecho, el Señor siempre responde a
la voz de los que claman a Él con un
corazón sincero. Aquellos que se
sienten abandonados y solo pueden
experimentar que Dios sale a su
encuentro. La parábola del hijo
pródigo relata que «cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio, tuvo
compasión, corrió a su encuentro» (Lc
15,20). Y se arrojó a sus brazos.
Dios no está ocioso esperando al
pecador: corre hacia él, porque la
alegría de verlo regresar es
demasiado grande, y Dios tiene esta
pasión de alegrarse, de alegrarse
cuando ve que llega el pecador. Casi
parece que Dios mismo tenga un
“corazón inquieto” hasta que
encuentra al hijo que se había
perdido. Cuando aceptamos al
penitente, tenemos que mirarlo a los
ojos y escucharlo para permitir que
sienta el amor de Dios que perdona a
pesar de todo, que lo viste con el
traje de fiesta y le da el anillo,
signo de pertenencia a su familia (cf.
v. 22).
El texto del profeta
Isaías nos ayuda a dar un paso más
en el misterio de la reconciliación,
donde dice: «el que tiene piedad de
ellos los conducirá y a manantiales
de agua los guiará» (49,10). La
misericordia, que requiere escuchar,
permite guiar los pasos del pecador
reconciliado. Dios libera del miedo,
de la angustia, de la vergüenza, de
la violencia. El perdón es realmente
una forma de liberación para
restaurar la alegría y el
significado de la vida. El grito de
los pobres que pide ayuda
corresponde al grito del Señor que
promete la liberación a los
prisioneros y a los que están en la
oscuridad les dice: «Salid» (49, 9).
Una invitación a salir de la
condición de pecado para retomar la
vestimenta de los hijos de Dios. En
resumen, la misericordia liberando
restaura la dignidad. El penitente
no se demora en compadecerse por el
pecado cometido; y el sacerdote no
lo culpa por el mal del que se
arrepintió; más bien, lo alienta a
mirar hacia el futuro con nuevos
ojos, llevándolo «a los manantiales
de agua» (cf. 49,10). Esto significa
que el perdón y la misericordia nos
permiten mirar de nuevo a la vida
con confianza y compromiso. Es como
decir que la misericordia abre a la
esperanza, crea esperanza y se nutre
de esperanza. La esperanza también
es realista, es concreta. El
confesor es misericordioso también
cuando dice: “Sigue, adelante,
sigue, ve”. Le da esperanza. “¿Y si
pasa algo?” ― Vuelves, no hay
problemas. El Señor siempre te
espera. No te avergüences de volver,
porque el camino está lleno de
piedras y de cáscaras de plátano que
te hacen resbalar.
San Ignacio de Loyola
―permitidme algo de publicidad de la
familia― tiene una enseñanza
significativa sobre el tema, porque
habla de la capacidad de hacer
sentir el consuelo de Dios. No hay
solamente perdón, paz, sino también
consuelo. Escribe así: «La
consolación interior, que echa toda
turbación, y trae a todo amor del
Señor, y a quiénes ilumina en tal
consolación, a quiénes descubre
muchos secretos. Finalmente, con
esta divina consolación todos
trabajos son placer, y todas fatigas
descanso. El que camina con este
fervor, calor y consolación
interior, no hay tan grande carga
que no le parezca ligera; ni
penitencia, ni otro trabajo tan
grande, que no sea muy dulce. Esta
nos muestra y abre el camino de lo
que debemos seguir, y huir de lo
contrario ―repito: esta consolación
nos muestra y abre el camino de lo
que debemos seguir, y huir de lo
contrario. Hay que aprender a vivir
con consolación―; ésta ―sigue
diciendo Ignacio― no está siempre en
nosotros, mas camina siempre sus
tiempos ciertos según la ordenación,
y todo esto para nuestro provecho»
(Carta a Sor Teresa Rejadell, 18 de
junio de 1536: Epistolario 99-107).
Es bueno pensar que precisamente el
sacramento de la Reconciliación
puede convertirse en un momento
favorable para percibir y aumentar
la consolación interior que anima el
camino del cristiano. Y quiero decir
esto: nosotros, con la
“espiritualidad de las quejas”,
corremos el peligro de perder el
sentido de la consolación. También
de perder ese oxígeno que es vivir
con consolación. A veces es fuerte,
pero siempre hay una consolación
mínima, que es dada a todos: la paz.
La paz es el primer grado de la
consolación. No hay que perderla.
Porque es precisamente el oxígeno
puro, sin smog, de nuestra relación
con Dios. La consolación. Del más
alto al más bajo, que es la paz.
Vuelvo a las palabras
de Isaías, encontramos después los
sentimientos de Jerusalén que se
siente abandonada y olvidada por
Dios: «Dice Sión : “El Señor me ha
abandonado, el Señor me ha
olvidado”. ¿Acaso olvida una mujer a
su niño de pecho, sin compadecerse
del hijo de sus entrañas? Pues
aunque ésas llegasen a olvidar, yo
no te olvido» (49,13-15). Por un
lado, resulta extraño este reproche
al Señor por haber abandonado a
Jerusalén y a su pueblo. Con mucha
más frecuencia, leemos en los
profetas que es el pueblo el que
abandona al Señor. Jeremías es muy
claro al respecto cuando dice:
«Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí
me dejaron, manantial de aguas
vivas, para hacerse cisternas,
cisternas agrietadas que el agua no
retienen» (2,13). El pecado es
abandonar a Dios, darle la espalda
para mirarse solo a sí mismo. Una
dramática confianza en sí mismo que
causa grietas por todos los lados y
no es capaz de dar estabilidad y
consistencia a la vida. Sabemos que
esta es la experiencia diaria que
vivimos en primera persona. Y, sin
embargo, hay momentos en los que
realmente se siente el silencio y el
abandono de Dios. No solo en las
grandes horas oscuras de la
humanidad de todas las épocas, que
hacen surgir en muchos el
interrogante del abandono de Dios.
Pienso ahora en la Siria de hoy, por
ejemplo. También sucede que en las
vivencias personales, incluso en las
de los santos, podamos experimentar
el abandono.
¡Qué triste
experiencia la del abandono! Tiene
diferentes grados, hasta la
separación definitiva por la llegada
de la muerte. Sentirse abandonado
lleva a la desilusión, a la
tristeza, a veces a la
desesperación, y a las diversas
formas de depresión que muchos
sufren hoy en día. Y, sin embargo,
cada forma de abandono, por
paradójico que parezca, se inserta
dentro de la experiencia del amor.
Cuando se ama y se experimenta el
abandono, entonces la prueba se
vuelve dramática y el sufrimiento
adquiere rasgos de violencia
inhumana. Si no se inserta en el
amor, el abandono se vuelve sin
sentido y trágico, porque no
encuentra esperanza. Por lo tanto,
es necesario que esas expresiones
del profeta sobre el abandono de
Jerusalén por Dios se coloquen a la
luz del Gólgota. El grito de Jesús
en la cruz: «Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?» (Mc
15,34), da voz al abismo del
abandono. Pero el Padre no le
responde. Las palabras del
Crucificado parecen resonar en el
vacío, porque este silencio del
Padre por el Hijo es el precio a
pagar para que nadie se sienta
abandonado por Dios. El Dios que amó
al mundo hasta el punto de dar a su
Hijo (Jn 3,16), hasta el punto de
abandonarlo en la cruz, nunca
abandonará a nadie: su amor siempre
estará allí, más cerca, más grande y
más fiel que cualquier abandono.
Isaías, después de
reiterar que Dios no olvidará a su
pueblo, concluye diciendo: «Míralo,
en las palmas de mi mano te tengo
tatuada» (49,16). Increíble: Dios ha
“tatuado” mi nombre en su mano. Es
como un sello que me da certeza, con
el que promete que nunca se alejará
de mí. Estoy siempre delante de él;
cada vez que Dios mira su mano, me
recuerda porque ¡ha grabado mi
nombre! Y no olvidemos que mientras
el profeta escribe, Jerusalén está
realmente destruida; el templo ya no
existe; la gente es esclava en el
exilio. Sin embargo, el Señor dice:
«Tus muros están ante mí
perpetuamente» (ibíd.). En la palma
de la mano de Dios, los muros de
Jerusalén son sólidos como una
fortaleza inexpugnable. La imagen
también se aplica a nosotros:
mientras la vida se destruye bajo la
ilusión del pecado, Dios mantiene
viva su salvación y sale al
encuentro con su ayuda. En su mano
paternal encuentro mi vida renovada
y proyectada hacia el futuro, llena
del amor que solo Él puede dar.
También vuelve a la mente el libro
del amor, el Cantar de los Cantares,
donde encontramos una expresión
similar a la recordada por el
profeta: «Ponme cual sello sobre tu
corazón, como un sello en tu brazo»
(8,6). Como sabemos, la función del
sello era evitar que se violara algo
íntimo; en la cultura antigua se
tomaba como una imagen para indicar
que el amor entre dos personas era
tan sólido y estable que continuaba
más allá de la muerte. La
continuidad y la perennidad son la
base de la imagen del sello que Dios
ha puesto sobre sí para evitar que
alguien pueda pensar que lo ha
abandonado: «Yo no te olvido» (Is
49,15). Sello. Tatuaje.
Y termino. Es esta
certeza típica del amor la que
estamos llamados a sostener en
aquellos que se acercan al
confesionario, para darles la fuerza
para creer y esperar. La capacidad
de poder comenzar de nuevo, a pesar
de todo, porque Dios toma cada vez
de la mano y empuja a mirar hacia
adelante. La misericordia toma de la
mano e infunde la certeza de que el
amor con el que Dios ama derrota
toda forma de soledad y abandono.
Los Misioneros de la Misericordia
están llamados a ser intérpretes y
testigos de esta experiencia, que se
inserta en una comunidad que acoge a
todos y siempre sin distinción, que
sostiene a todos en las necesidades
y las dificultades, que vive la
comunión como fuente de vida.
En las últimas
semanas, me ha conmovido
especialmente una colecta del tiempo
de Cuaresma (miércoles de la cuarta
semana), que de alguna manera parece
hacer una síntesis de estas
reflexiones. La comparto con
vosotros, para que podemos
convertirlo en nuestra oración y
estilo de vida:
«Padre, que concedes
a los justos el premio de sus
méritos
y el perdón a los
pecadores que se arrepienten;
ten piedad de quienes
te suplicamos
para que la confesión
de nuestras culpas
nos obtenga tu
perdón».
Y me gustaría
terminar con dos anécdotas de dos
grandes confesores, ambos en Buenos
Aires. Uno, un sacramentino, que
había tenido un trabajo importante
en su congregación, era Provincial,
pero siempre encontraba tiempo para
ir al confesionario. No sé cuántos,
pero la mayoría del clero de Buenos
Aires iba a confesarse con él.
Incluso cuando San Juan Pablo II fue
a Buenos Aires y pidió un confesor,
lo llamaron de la Nunciatura. Era un
hombre que te daba el valor para
seguir adelante. He tenido esa
experiencia porque me confesaba con
él cuando yo era Provincial, para no
hacerlo con mi director jesuita ...
Cuando empezaba “bueno, bueno, está
bien”, y te animaba, “adelante,
adelante”. ¡Qué bueno era! Murió a
los 94 años y confesó hasta un año
antes, y cuando no estaba en el
confesionario, llamabas y bajaba. Y
una vez, yo era vicario general y
salí de mi habitación, donde había
un fax; ―lo hacía temprano todas las
mañanas para ver las noticias
urgentes―; era el domingo de Pascua
y había un fax: “Ayer, media hora
antes de la vigilia de Pascua, murió
el Padre Aristi”, que era su
nombre... Fui a almorzar a la
residencia de los sacerdotes
ancianos para pasar Pascua con ellos
y al regreso fui a la iglesia que
estaba en el centro de la ciudad,
donde estaba la capilla ardiente..
Había un ataúd y dos viejecitas
rezando el rosario. Me acerqué, y no
había flores, nada. Pensé, ¡pero
este es el confesor de todos
nosotros! Esto me llamó la atención.
Sentí lo mala que es la muerte. Salí
y recorrí 200 metros, donde había un
puesto de flores, de los que están
en las calles, compré algunas flores
y volví. Y mientras estaba poniendo
flores allí en el ataúd, vi que
tenía el rosario en las manos... El
séptimo mandamiento dice: “No
robarás”. El rosario estaba allí,
pero mientras fingía arreglar las
flores, hice así y tomé la cruz. Y
las viejecitas miraban, esas
viejecitas. Esa cruz la llevo aquí
conmigo desde ese momento y le pido
la gracia de ser misericordioso,
siempre la llevo conmigo. Esto habrá
sido en el año 96, más o menos. Le
pido esta gracia. El testimonio de
estos hombres es grandioso.
Después, el otro
caso. Este está vivo, 92 años. Es un
capuchino que tiene una cola de
penitentes, de todos los colores,
pobres, ricos, laicos, sacerdotes,
algún obispo, monjas... todos, nunca
termina. Es un gran perdonador, pero
no uno “de manga ancha”, un gran
perdonador, un gran misericordioso.
Y lo sabía, lo conocí, fui dos veces
al santuario de Pompeya, donde
confesaba en Buenos Aires, y lo
saludé. Ahora tiene 92 años. En ese
momento, cuando acudió a mí, tendría
unos 85. Y me dijo: “Quiero hablar
contigo porque tengo un problema.
Tengo un gran escrúpulo: a veces
siento deseos de perdonar
demasiado”. Y me explicó: “No puedo
perdonar a una persona que viene a
pedir perdón y dice que le gustaría
cambiar, que hará de todo, pero no
sabe si lo logrará ... ¡Y sin
embargo, lo perdono! Y a veces me
viene una angustia, un
escrúpulo...”. Y le dije: “¿Qué
haces cuando tienes este
escrúpulo?”. Y me respondió así:
“Voy a la capilla, la capilla del
convento, delante del sagrario, y
sinceramente pido disculpas al
Señor: Señor, perdóname, hoy he
perdonado demasiado. Perdóname...
¡Pero fíjate bien, fuiste tú quien
me dio un mal ejemplo!”. Así rezaba
ese hombre.
SANTA MISA CON LOS
MISIONEROS DE LA MISERICORDIA
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE FRANCISCO
Basílica Vaticana,
altar de la Cátedra
Martes, 10 de abril
de 2018
Hemos escuchado en el Libro de los
Hechos: "Los apóstoles con gran
poder, daban testimonio de la
resurrección del Señor Jesús"
(Hechos 4, 33).
Todo comienza desde
la Resurrección de Jesús: de allí
viene el testimonio de los apóstoles
y, a través de él, se generan la fe
y la vida nueva de los miembros de
la comunidad, con su franco estilo
evangélico.
Las lecturas de la
misa de hoy ponen de manifiesto
estos dos aspectos inseparables: el
renacimiento personal y la vida de
la comunidad. Y ahora, dirigiéndome
a vosotros, queridos hermanos,
pienso en vuestro ministerio que
lleváis cabo desde el Jubileo de la
Misericordia. Un ministerio que se
mueve en ambas direcciones: al
servicio de las personas, para que
"renazcan desde lo alto" y al
servicio de la comunidad, para que
puedan vivir el mandamiento del amor
con alegría y coherencia.
Hoy la Palabra de
Dios ofrece dos indicaciones que me
gustaría brindaros, pensando
precisamente en vuestra misión.
El Evangelio
recuerda que aquel que está llamado
a dar testimonio de la Resurrección
de Cristo debe, en primera persona,
"nacer de lo alto" (Jn 3, 7). De lo
contrario, se termina como Nicodemo
que, a pesar de ser un maestro en
Israel, no entendía las palabras de
Jesús cuando decía que para "ver el
reino de Dios" hay que "nacer de
lo alto", nacer "del agua y del
Espíritu" (cf. 3-5). Nicodemo no
entendía la lógica de Dios, que es
la lógica de la gracia, de la
misericordia, por la cual el que se
hace pequeño se vuelve grande, el
que se hace último pasa a ser el
primero, el que se reconoce enfermo
se cura. Esto significa dejar
realmente la primacía al Padre, a
Jesús y al Espíritu Santo en nuestra
vida. Atención: no se trata de
convertirse en sacerdotes
"poseídos", casi como si se fuera
depositario de un carisma
extraordinario. No. Sacerdotes
ordinarios, simples, humildes,
equilibrados, pero capaces de
dejarse regenerar constantemente por
el Espíritu, dóciles a su fuerza,
interiormente libres —sobre todo de
sí mismos— porque les mueve el
"viento" del Espíritu que sopla
donde quiere (Jn 3, 8).
La segunda
indicación se refiere al servicio a
la comunidad: ser sacerdotes capaces
de "levantar" en el "desierto" del
mundo el signo de la salvación, es
decir, la Cruz de Cristo, como
fuente de conversión y renovación
para toda la comunidad y para el
mundo mismo ( ver Jn 3: 14-15). En
particular, me gustaría hacer
hincapié en que el Señor muerto y
resucitado es la fuerza que crea la
comunión en la Iglesia y, a través
de la Iglesia, en toda la humanidad.
Jesús lo dijo antes de la Pasión:
"Cuando sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,
32). Esta fuerza de comunión se
manifestó desde el principio en la
comunidad de Jerusalén donde —como
atestigua el Libro de los Hechos—
"la multitud de los creyentes no
tenía sino un solo corazón y una
sola alma" (4,32). Era una comunión
que compartía los bienes de forma
concreta, de modo que "todo era en
común entre ellos" (v. Ibíd.) Y "no
había entre ellos ningún necesitado"
(v. 34). Pero este estilo de vida de
la comunidad también era
"contagioso" para el exterior: la
presencia viva del Señor resucitado
produce una fuerza de atracción que,
a través del testimonio de la
Iglesia y de las diversas formas de
proclamación de la Buena Nueva,
tiende a alcanzar a todos, ninguno
excluido. Vosotros, queridos
hermanos, poned al servicio de este
dinamismo vuestro ministerio
específico de Misioneros de la
Misericordia. En efecto, tanto la
Iglesia como el mundo de hoy tienen
una necesidad particular de
Misericordia para que la unidad
deseada por Dios en Cristo
prevalezca sobre la acción negativa
del maligno que aprovecha muchos
medios actuales, en sí mismos
buenos, pero que, mal utilizados, en
lugar de unir, dividen. Estamos
convencidos de que "la unidad es
superior al conflicto" (Evangelii
gaudium, 228), pero también sabemos
que sin la Misericordia este
principio no tiene fuerza para
actuarse en lo concreto de la vida y
de la historia.
Queridos hermanos,
salid de este encuentro con la
alegría de ser confirmados en el
ministerio de la Misericordia. Antes
que nada confirmados en la grata
confianza de ser vosotros los
primeros llamados a renacer siempre
de nuevo "desde lo alto", desde el
amor de Dios. Y al mismo tiempo
confirmados en la misión de ofrecer
a todos el signo de Jesús
"levantado" de la tierra, para que
la comunidad sea signo e instrumento
de unidad en medio del mundo.
Boletín de la Oficina de Prensa de
la Santa Sede, 10 de abril de 2018.