EREMITORIO VOCACIONAL VIRTUAL: Fray Carmelito

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Fray Carmelo de la Punta

Nació en 1883 en La Punta (Valencia). Hizo sus votos religiosos como fraile en 1906. Vivió en Totana (Murcia); en la misión de la Goajira y Codazzi (Colombia) 48 años, siendo adoptado como hijo por los indios motilones y llamándole “tío Melo”; en Massamagrell (Valencia); y en Valencia, donde murió el 4 febrero 1977.

Su estilo de vida era servicial y alegre, “pícaro” y cauto, humilde y caritativo. Y su vida espiritual era profunda y llena de amor y de sencillez evangélica y franciscana. Rezaba al Señor llamándole “Jesusito”, y a la Virgen María “Mamita”.

El testimonio de vida fue grande para frailes, mayores y jóvenes, indios y laicos en general. Ayudó y rezó por quienes se lo pedían, y hoy son muchos los que se encomiendan privadamente a su intercesión ante Dios.

 

  

 

Para conocer mejor la vida y espiritualidad de Fray Carmelito puedes leer dos textos:

 

1.-       Un libro escrito en colaboración por los Hnos. Vicente Taroncher Mora y José Vicente Esteve Montalvá, capuchinos, donde recogen, por un lado, testimonios de capuchinos sobre la vida de Fray Carmelito. Y por otro lado, sus escritos personales en la misión.

LA SENCILLEZ EVANGÉLICA. Fr. Carmelo de La Punta.  PdF 

 

 2.-      Un artículo escrito por el Hno. Vicente Taroncher Mora, capuchino, sobre su vida en la misión en Colombia.

FRAY CARMELO DE LA PUNTA, “Tío MELO”. Uno más entre los indios.

 

Nota personal:  El padre Vicente, que fallecido recientemente, quería mucho a Fray Carmelito y estaba convencido de su santidad. Estoy seguro que ahora estarán los dos juntos, en el cielo, intercediendo por todos nosotros y por el proyecto del "Eremitorio Vocacional".

 

 

 

EM    vidas que dejan huella

 

 

fray carmelo de la punta, «Tío melo»

 

Uno más entre los indios Motilones

 

 

Por   Vicente Taroncher Mora

 

Indígenas Motilones a quienes el "tío Melo"

dedicó la mayor parte de su vida misionera.

 

Origen de un nombre: «Tío Melo».

 

La Sierrita es un bello caserío colonial, de clima medio, que contrasta con el clima cálido y tropical de la Guajira y de los valles de los ríos Ranchería y Cesar, esta situado en las estribaciones de la sierra Nevada de Santa Marta, donde los capuchinos, llamados a fines del siglo XIX por el obispo samario Mons. José Romero, establecieron un centro misional para poder evangelizar desde allí a los indios aruhacos y coguis, esparcidos por toda la sierra Nevada. Al frente del primer equipo misionero que se estableció en La Sierrita en enero de 1894, estaba el R Francisco de Orihuela, que trabajó incansablemente por el progreso material y espiritual de los indios. En 1914 el centro misional fue convertido en orfelinato mixto; al frente de los niños estaban los misioneros y al frente

de las niñas las Hermanas Terciarias Capuchinas. A partir del año 1930, el orfelinato fue trasladado a San Sebastián y el edificio reconvertido en seminario seráfico. En ambas moda­lidades trabajó Fr. Carmelo en La Sierrita en sendas oportu­nidades que allí fue destinado.

 

La Sierrita siempre había sido un remanso de paz. Allí bajaban los indios con sus muías cargadas de sacos de café y otros bienes autóctonos para canjearlos por productos que les ofrecían los civilizados. Ambos pueblos, el criollo y el indígena, vivían en perfecta armonía, facilitando el progresivo desarrollo de ambas comunidades. Hoy todo ha cambiado. De un tiempo a esta parte se ha apoderado de la región el MLN de la guerrilla colombiana. Para llegar a La Sierrita hay que pedir salvoconducto a los guerrilleros. El pueblo ofrece un panorama desolador, la casa misión está casi totalmente derruida Y cuando uno quiere visitar la iglesita de la Virgen del Rosario y la silla donde el P. Francisco, según la tradición, se sentaba a oír confesiones, por lo que sienten gran devoción los serritanos y gentes de la comarca, la sacristana se lo enseña con recelo. Y la poca gente que hay en el pueblito, se esconde, le miran con desconfianza y uno tiene que apresurar el viaje de regreso.

 

Allá por el año 1925 (eran otros tiempo) nos encontramos en La Sierrita a nuestro personaje de hoy, Fray Carmelo de la Punta de Valencia, trabajando en el centro misional. Era suprior del centro y director del internado el P. Estanislao de Riohacha (que junto con el Padre Domingo de Riohacha fueron los primeros colombianos que ingresaron en la Orden Capuchina y vivieron integrados en la Misión hasta su muerte). Había en el centro unos cuarenta muchachos, en su mayoría indígenas de la sierra. El P. Estanislao ejercía como maestro y Fr. Carmelo, ayudado parcialmente por los muchachos del internado, se dedicaba a la huerta y a los trabajos de albañilería. Fr. Carmelo, forjado laboralmente en plena huerta valenciana, era un experto agricultor. En los bancales, que cultivaba junto al río Cesar, se producía toda clase de hortalizas propias del terreno: plátano, yuca, papa, fríjol, ñame, arracacha, etc. Y toda clase de árboles frutales, plantados por el propio Carmelo, con los que abastecía las necesidades del internado. Y, lo más llamativo es que Carmelo, sin entender nada de albañilería, agudizando su ingenio, reconstruyó el edificio del internado con paredes de bahareque (cañas, barro y cal) y techo de madera y zinc.

 

El internado de La Sierrita, gracias al carácter bondadoso de Carmelo, funcionaba como una familia. El P. Estanislao era el padre; las monjitas hacían el papel de madre. Y los muchachos no se resignaban a llamar a Fray Carmelo con el prefijo de Fray o de Hermano; querían para él algo más expresivo y próximo, y un día le propusieron llamarle TÍO, lo que el bondadoso Carmelo aceptó complacido. Desde esa fecha el nombre de batalla de Fray Carmelo, tanto en La Sierrita como en el resto de la Misión, sería el de TÍO MELO. Carmelo era el alma del internado: él acompañaba a los muchachos al río para el baño, él les acompañaba en los paseos de los jueves, él suplía al padre cuando se ausentaba en sus frecuentes viajes apostólicos, etc...Los chicos se sentían felices con él. Un antiguo alumno del internado -Alfonso Aragón-, me decía no hace mucho tiempo: "Nosotros ansiábamos que se ausentara el P. Estanislao para quedarnos con "tío Melo", que siempre tenía alguna cosita para darnos, o una historieta que contarnos o una sonrisa en nuestras travesuras...".

 

Fr. Carmelo en sus Bodas de Oro

como religioso. Codazzi, 1955.

 

Datos biográficos

 

Tío Melo - Fr. Carmelo - nació en el caserío marítimo de la Punta (Valencia) el día 7 de enero de 1883. Se le puso por nombre Ramón. Su madre, Vicenta Real, murió a consecuencias del parto. Su padre, José Rodrigo, le educó cristianamente y desde muy jovencito lo dedicó a las faenas agrícolas. Desde muy joven sintió la vocación religiosa que él alimentaba colaborando con el cura párroco y acompañando a los hermanos limosneros de la Magdalena (Massamagrell) que llegaban a La Punta. Terminado el servicio militar, a los 22 años, ingresó en la Orden Capuchina con el oficio de hortelano. Ante la demanda de misioneros, se ofrece voluntariamente para ir a Misiones, incorporándose a la Guajira, junto con los PP. Ildefonso de Murcia, Ángel de Carcagente (En Misión N°3) y Fr. Bartolomé de Cetla el 26 de junio de 1920.

 

Primer destino: los indios motilones.

 

Ya en Riohacha, es destinado a los indios Motilones Yukos de la zona de Codazzi para acompañar al célebre "Número Uno de los Misioneros", como calificaría Monseñor Atanasio Soler al P. Camilo de Ibi. Con él pasó los primeros años de misionero. Él fue su maestro, director y padre espiritual. Del P. Camilo aprendió a amar entrañablemente a los indios y a agudizar su espíritu de observación para penetrar profundamente en la cultura indígena de los motilones. Fr. Carmelo, un hombre de escasa cultura académica, pues a penas había estudiado unos cursos de primaria en la escuela de su pueblo, se convierte poco a poco en un hombre imprescindible en marcar las directrices pastorales en el trato con los indios motilones.

 

En esta primera etapa tiene la oportunidad de adentrarse en la cultura indígena y chapurrear el idioma yuko. Acompañaba al P. Camilo por las distintas rancherías de los indios esparcidas por toda la sierra de Perijá (San Jenaro, Sokorpa, Sokomba, Sikakao, San José, La Cumbre, Sikarare, El Milagro, etc...). Incluso, en ocasiones, le tocaba estar sólo. Estando en Becerril con el P. Camilo les llega la noticia de que el temporal ha arrasado la casa misión de la sabana de San Jenaro. Carmelo es enviado a arreglarla. Pero estando allí arrecia el temporal, los ríos bajan crecidos y las sendas borradas por el desbordamiento de las aguas. Carmelo queda aislado durante siete meses del mundo civilizado, tiempo que aprovecha para abrir una escuela, mejorar la agricultura de los indios y hablarles de Papachí Jesús y Mamachí Pastora. Identificado plenamente con los indios, al igual que ellos, se alimenta de maíz hervido sin sal y lirios amargos chamuscados al fuego. Al finalizar el invierno, después de siete meses de soledad, renace la esperanza en el alma del misionero: pasa por San Jenaro el P. Camilo con una expedición que se dirigen a Sikakao y a los quince días está de nuevo de regreso. Dialoga ampliamente con el P. Camilo, que le pide que siga en San Jenaro. Y Fr. Carmelo, ese hombre fuerte como un roble, casi derrumbado, comenta:" Todos se fueron y yo me quedé sólo en San Jenaro. Si alguna vez he hecho oración fervorosa y he tenido el don de lágrimas, fue entonces. Me resigné y Dios me consoló".

 

De nuevo en Codazzi.

 

Ya curtido misionero, los superiores le destinan a ejercer labores domésticas sucesivamente en los recién inaugurados orfelinatos de San Sebastián y La Sierrita, para incorporarse definitivamente a Codazzi a partir del año 1935. Desde entonces, Codazzi se convertiría en su hogar, su delicia, el objeto de sus amores. En Codazzi, a parte de atender a los niños del internado y a los indios que con cierta periodicidad bajan de la sierra, se dedica a cultivar la huerta de la Trinidad, contigua al orfanato, "que estaba hecha un esqueleto e invadida por cerdos." Fr. Carmelo la convierte en un vergel aprovechando el canal, que desde el río Espíritu Santo conduce las aguas hasta el actual Codazzi y que fuera construido por el P. Andrés de Oliva, al fundar el pueblito en el siglo XVIII. En la finca construye varias acequias que riegan los distintos bancales y produce en abundancia las hortalizas propias del terreno.

 

Uno de los cultivos que más llamaba la atención era el del arroz, cuya primera semilla fue importada por los misioneros desde Sueca (Valencia). No se conocía en la región esta clase de cultivo, y pienso que es la región pionera en toda Colom­bia. Constantemente la huerta de tío Meló era visitada por agrónomos de la región que quedaban admirados de la fertilidad del suelo y de la mano maestra del agricultor. Hoy ese pedazo de la huerta de Valencia ha desaparecido. La fiebre del algodón y la necesaria ampliación de la población, que pasó rápidamente, en pocos años, en la década de los cincuenta, de 2.000 habitantes a 60.000, obligó al obispo bueno Mons. Vicente Roig a parcelar la finca y convertirla en terreno urbanizable.

 

El Cuaderno de sus experiencias misionales.

 

En 1947 Carmelo recibe el mandato del Superior Regular de escribir sus memorias misionales. Con toda humildad pone manos a la obra, a pesar de cometer tres faltas de ortografía cada dos palabras. Pero nos ha dejado un escrito interesantí­simo, vivo y descriptivo de lo que es la vida de la misión y del misionero. Desde luego que Carmelo no es un misionólogo, pero su Cuaderno puede servir de base para una tesis docto­ral en misionología: Conoce a las mil maravillas la región y la topografía del terreno, hace avances en el conocimiento del idioma yuko, observa el desenvolvimiento de las costumbres indígenas, analiza la receptibidad de los indios y se adentra en sus distintas manifestaciones culturales; está adornado de un profundo amor a la misión y de un grande espíritu de colabo­ración, etc...

 

Con el etnólogo alemán Dr. Gustavo Bolinder.

 

Recién llegado a Codazzi en esta segunda etapa, Mons. Bienvenido le encarga la delicada misión de acompañar al etnólogo alemán Doctor Gustavo Bolinder en una expedición científica por la Sierra de Perijá. Acertada elección de un baquiano del terreno y de la cultura indígena. Se detuvieron en San Jenaro, Menastara y Sikakao, y de vuelta por Ven­ezuela, regresaron a Colombia. Bolinder encontró en la persona de este sencillo misionero un gran caudal de datos científicos, que recogió en su obra "Indios de los Nevados Tropicales", y en diversos artículos publicados en revistas científicas alemanas.

 

Mons. Vicente Roig y Villalba

con Fr. Carmelo de La Punta.

 

Apología de la oración.

 

Fr. Carmelo cierra su Cuaderno sobre experiencias misionales con una apología del poder de la oración. Como Santa Teresita, de la que era muy devoto y asiduo lector, quería consagrarse a la oración para lograr la conversión de los pecadores y de los indios. Y esa fue la misión que asumió con entusiasmo desde que en 1967, anciano y enfermo, regresó a España. Un año antes de su muerte, le visitó en la enfermería el obispo de Valledupar, Mons. Vicente Roig y Villalba. Hablaron largamente de sus cosas, que eran las cosas del espíritu y de la misión. Al despedirse, Fr. Carmelo, nimbado de ternura y sencillez, le dice al obispo: "Papaito, ¿puedo seguir siendo su cirineo?". Y fundiéndose en un fuerte abrazo, hasta derramar abundantes lágrimas, el obispo le contesta: "Tú seguirás siendo mi cirineo, hasta el día de mi muerte".

Fr, Carmelo murió en Valencia con fama de santidad el 4 de febrero de 1977.

 

 

* Artículo escrito en la revista capuchina En Misión, Nº 21, enero-marzo 2004, pags. 26-28. 

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